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Naomi Osaka brilla en el US Open: moda y victoria nocturna

Naomi Osaka tardó apenas unos segundos en recordar a todos que el US Open también es una pasarela. Antes incluso de golpear una pelota, la dos veces campeona del torneo ya había captado todas las miradas en el Arthur Ashe Stadium con otro de sus impactantes atuendos de entrada en pista.

Esta vez apareció con una túnica con capucha, de aire casi ceremonial, construida a base de paneles tipo patchwork cubiertos con recortes de prensa de sus propias actuaciones en torneos anteriores. Un archivo viviente sobre su cuerpo. Cerraba el conjunto una larga cola de tul blanco, vaporosa, que flotaba detrás de ella mientras caminaba hacia la línea de fondo. El mensaje era claro: Osaka no solo vuelve a competir en Nueva York; vuelve a escribir su historia.

La reina del “walk-on”

Lo de Osaka en los Grand Slams de este año ya es una serie en sí misma. En Wimbledon rindió homenaje a sus raíces japonesas con un conjunto inspirado en el kimono, rematado por un tradicional adorno de pelo kanzashi, antes de cambiarse al clásico uniforme blanco de Nike para jugar. En Roland Garros se presentó con una falda negra de Kevin Germanier y un atuendo en capas de amarillo, marrón y dorado, inspirado en el brillo nocturno de la Torre Eiffel. En Australia, su look tomó como referencia… una medusa.

En Flushing Meadows, el guion cambió de deporte. Osaka saltó a pista con un outfit inspirado en Allen Iverson, icono eterno de la NBA. No era un guiño casual. Era una declaración.

“Es mi tributo a Iverson”, explicó después. “Me gusta mucho. Nike dijo baloncesto, así que dije: ‘¿Queréis baloncesto? Os voy a dar baloncesto’. Me gusta expresarme a través de la ropa, y me alegra que lo apreciéis”.

La estética, sin embargo, solo fue el preludio. La verdadera batalla llegó con la raqueta.

Un marcador limpio, un partido sucio

Sobre el papel, el duelo ante la rusa Anastasia Zakharova, número 101 del mundo y sin cabeza de serie, apuntaba a trámite. Osaka, cuatro veces campeona de Grand Slam y 13ª favorita en Nueva York, salió disparada: 4-1 arriba en el primer set, ritmo alto, golpes profundos, sensación de control total.

Pero el partido se torció sin previo aviso. Zakharova empezó a leer mejor los restos, a alargar los intercambios, a incomodar la derecha de Osaka. El set, que parecía encaminado hacia una victoria amplia, se enredó hasta desembocar en un ‘tie-break’. Ahí apareció la versión competitiva que hizo de la japonesa una campeona en este mismo escenario en 2018 y 2020. Ajustó, se aferró a cada punto y cerró la primera manga por 7-6, con 8-6 en el desempate.

La segunda no ofreció respiro. Osaka no encontraba del todo la fluidez, mezclaba ráfagas de potencia con momentos de dudas, y Zakharova se negó a desaparecer. Otra vez el set se estiró hasta el límite. Otra vez, desempate. Y otra vez, Osaka.

Con el reloj acercándose a las 12:30 de la noche en Nueva York, la japonesa sostuvo el pulso mental mejor que su rival y firmó el 7-6 (7/3) definitivo. Dos ‘tie-breaks’, ningún set cedido, pero un choque que le exigió mucho más que lo que su hoja de servicio deja entrever.

“Diría que me lo ha exigido todo”, admitió al terminar, todavía sobre la pista central. “No tengo ni idea de qué hora es. Gracias por quedaros”, lanzó a las gradas, que habían aguantado hasta la madrugada para verla cerrar el triunfo.

Nervios, óxido y un objetivo claro

Osaka no maquilló sensaciones. “Estoy agradecida de poder jugar otra vez en esta pista”, dijo, consciente de lo que significa volver a competir de noche en el Arthur Ashe. Reconoció que se sintió “un poco oxidada” y confesó algo que contrasta con su imagen de campeona de grandes escenarios: “Me pongo nerviosa en las primeras rondas. Quiero hacerlo bien y enseñaros nuevos atuendos”.

Entre líneas, su discurso dibuja el momento en el que se encuentra: una jugadora que todavía busca ritmo, que siente el peso de las expectativas, pero que mantiene intacta la ambición y el instinto competitivo cuando el marcador aprieta.

El resultado, 7-6 (8/6), 7-6 (7/3), la coloca en segunda ronda, donde le espera la checa Kateřina Siniaková. Un duelo muy distinto, con una rival más asentada en el circuito, peligrosa, incómoda, capaz de cambiar alturas y ritmos.

La noche en Nueva York dejó una imagen nítida: Osaka todavía no es la máquina imparable de sus mejores días, pero sigue sabiendo sufrir, sigue sabiendo ganar y continúa convirtiendo cada entrada en pista en un evento. La moda ya la domina. Ahora, en Flushing Meadows, la pregunta vuelve a ser la de siempre: ¿hasta dónde puede llevar este año su tenis?