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Nick Kyrgios regresa tras un mes de sanción por cocaína

Nick Kyrgios vuelve a estar habilitado para competir. Lo hace, otra vez, envuelto en ruido. El australiano de 31 años ha cumplido una sanción de un mes después de aceptar un castigo por dar positivo por cocaína y ya puede regresar al circuito.

El caso se remonta al Mallorca Open, disputado en junio. Durante el torneo, una muestra de orina de Kyrgios dio positivo por benzoylecgonina, un metabolito de la cocaína. El 4 de agosto, la International Tennis Integrity Agency (ITIA) anunció su suspensión provisional. El jugador admitió ante los investigadores que había consumido cocaína en una discoteca de Magaluf, de madrugada, el 20 de junio.

Dos días después de esa noche, saltó a la pista en Mallorca para su debut. Perdió en primera ronda, en dos sets, ante su compatriota Adam Walton. El informe de la ITIA, tras consultar con un experto independiente, concluyó que el consumo se produjo fuera de competición. Ese matiz resultó clave.

El reglamento contemplaba una sanción máxima de tres meses. Kyrgios se exponía a un castigo largo en un momento delicado de su carrera. Sin embargo, la pena quedó reducida a un mes después de que el australiano ingresara en un programa de tratamiento. La inhabilitación terminó el jueves 3 de septiembre.

El peaje no se limita al tiempo. Kyrgios, desplomado hasta el puesto 918 del ránking mundial, perderá además los 6.570 euros (5.650 libras) que había ganado en premios. Cuando se hizo público el positivo, anunció que se retiraba de las redes sociales y de la vida pública durante 28 días para “centrarse en ponerse bien”.

Su temporada ya era casi un susurro antes del escándalo. Apenas cuatro partidos individuales disputados este año, lastrado por problemas crónicos de rodilla y muñeca. Su última aparición fue en el cuadro de dobles de Wimbledon, junto a Alexander Bublik, con derrota en primera ronda.

Tras conocerse la suspensión inicial, Kyrgios dejó entrever el desgaste acumulado. Reconoció que los últimos años de lesiones le habían pasado “una enorme factura, mental y físicamente”. Escribió que su cuerpo ya no responde a lo que su mente le exige. Aceptar que se acerca el final de su carrera, confesó, ha sido mucho más duro de lo que imaginaba. Y remató: nada de eso justifica lo que hizo.

La cocaína figura como estimulante y “sustancia de abuso” en la lista de prohibidos de la Agencia Mundial Antidopaje. El caso vuelve a colocar bajo el foco a un jugador que nunca ha escapado de la controversia. Su talento ha ido casi siempre de la mano de un comportamiento explosivo.

En pista, Kyrgios ha acumulado multas cuantiosas por destrozar raquetas, lanzar obscenidades audibles y enzarzarse con los jueces de silla. Fuera de ella, su imagen tampoco ha estado limpia. En 2023 admitió haber agredido a una exnovia dos años antes; evitó una condena penal, pero el episodio añadió otra sombra a su expediente. Sus comentarios considerados misóginos le granjearon más críticas.

En 2024 avivó el fuego al compartir una publicación del polémico influencer Andrew Tate. Más tarde aseguró que había hecho “todo lo posible” por distanciarse del autoproclamado misógino. Tampoco se mordió la lengua al opinar sobre la gestión de dos casos de dopaje de alto perfil que implicaban a Jannik Sinner e Iga Swiatek, a los que calificó de “repugnantes” para el tenis.

Todo esto contrasta con su hoja de servicios sobre la pista. Siete títulos individuales en el circuito ATP, una final de Wimbledon en 2022 perdida en cuatro sets ante Novak Djokovic, y un título de dobles en el Abierto de Australia de 2022 junto a Thanasi Kokkinakis. Un palmarés que alimenta la sensación permanente de oportunidad desaprovechada.

Ahora, tras un mes de castigo y con el ránking por los suelos, Kyrgios se asoma a otro punto de inflexión. Regresa con el cuerpo castigado, la reputación erosionada y el talento intacto. La pregunta ya no es si puede volver a brillar, sino cuántas veces más podrá permitirse vivir al límite antes de que la puerta se cierre del todo.