Novak Djokovic y su derrota histórica en Nueva York
Nueva York — La noche en que Novak Djokovic dejó de ser eterno llegó en Arthur Ashe, y lo hizo de la forma más cruda posible: cojeando, vomitando, encogido por los calambres, derrotado por un rival que nunca había tocado esas alturas.
Mariano Navone, argentino, top 50, currante del circuito, se llevó al número 1 histórico del cemento por 7-6(5), 5-7, 4-6, 6-2 y 6-1 en 4 horas y 36 minutos. Un resultado que no es solo una derrota: rompe una racha de 77 victorias consecutivas de Djokovic en primeras rondas de Grand Slam. La última vez que se fue a casa a la primera fue en el Abierto de Australia 2006, cuando era el número 76 del mundo. Otra vida.
Un gigante que se apaga en directo
Durante más de cuatro horas, el partido fue una especie de paradoja viviente. Nada cuadraba. No con la historia, no con el escenario, no con la leyenda. Solo había un dato que explicaba algo: Djokovic tiene 39 años. A esa edad, casi todos los grandes ya habían dejado de ser competitivos. Él ha estirado el tiempo como nadie. Esta vez, el tiempo le pasó por encima en tiempo real.
Navone clavó el puñal en el segundo juego del quinto set. Lo movió de lado a lado, lo atrajo a la red y soltó un revés paralelo que Djokovic no pudo levantar en media volea. En la siguiente carrera, el serbio tambaleó. A partir de ahí, cada paso fue una mueca. El estadio, lleno, pasó del rugido a un silencio casi fúnebre.
En la pista, a pocos metros, Jelena, su esposa, y sus hijos, Stefan y Tara, se hundían en el gesto punto a punto. El hombre al que habían visto ganar todo empezaba a parecer, simplemente, humano.
Fuera del vestuario, agotado, Djokovic no maquilló nada: habló de una “sensación horrible” en la pista, de vómitos, de un cuerpo que se colapsa, de una espalda que “se rindió”, de un hombro que ya no respondía. Explicó que arrastraba el problema “prácticamente en cada partido del año”, que lo que se vio en Ashe no era un accidente aislado, sino la culminación de algo que viene de lejos. Y, aun así, intentó no restarle mérito a Navone, al que definió como “un buen tipo, un luchador”.
Cuando le preguntaron si podía arreglar ese problema médico, solo dejó una frase corta, desnuda: “Lo intento, de verdad que lo intento. Vamos a ver”.
Del arranque perfecto al derrumbe físico
El guion, al principio, parecía el de siempre. Tres aces en sus dos primeros juegos de saque, 3-0 de salida, control absoluto. El Djokovic de siempre en las noches de Nueva York, en su territorio favorito: dura, techo cerrado, foco principal.
Navone, sin embargo, empezó a morder los peloteos. Le obligó a pegar un golpe más, y otro, y otro. La noche era húmeda, pegajosa, pero no extrema. La meteorología dejó de importar pronto. A los siete juegos, la lluvia obligó a cerrar el techo y a encender el aire acondicionado. El contexto era ideal para el serbio. Su cuerpo, no.
Para entonces ya había cedido el break inicial y se le veía incómodo. En el séptimo juego del tercer set, se dobló sobre una papelera y vomitó en pleno juego. Cada vez que un punto superaba los seis golpes, Djokovic se quedaba apoyado en las rodillas, jadeando antes del siguiente. En los intercambios cortos dominaba. En los largos, Navone lo exprimía sin piedad.
El contraste era brutal con la imagen de Wimbledon, apenas siete semanas atrás, cuando Djokovic alcanzó las semifinales tras un duelo clásico a cinco sets ante Félix Auger-Aliassime. Llevaba dos décadas atravesando primeras rondas de Grand Slam como un trámite. Bajo techo y de noche, en pista dura, había sido casi intocable. Es, estadísticamente, el mejor jugador de cemento de la era moderna. Navone, en cambio, es un especialista de tierra batida, donde ha ganado su único título ATP.
En teoría, si Djokovic hubiera podido elegir un rival de perfil medio para entrar en el torneo, el argentino habría encajado en la lista. Tercer cuadro principal en Nueva York. Una sola victoria en el US Open. Nunca había pisado Arthur Ashe. Mientras tanto, Djokovic ha vivido ahí durante quince años y ha levantado el trofeo cuatro veces.
Un verano que ya avisaba
El plan de supervivencia del serbio estaba claro desde el principio: agresividad máxima, puntos cortos, nada de intercambios largos. Llegaba sin ritmo, con solo un partido desde la derrota en semifinales de Wimbledon ante Jannik Sinner.
Aquel tropiezo, en tres sets, ante el jugador que él mismo había apadrinado en su día, dejó cicatriz. Durante ese partido, un aficionado intentó animarlo gritándole que podía competir con Sinner, número 1 del mundo. Djokovic respondió con una frase que sonó a confesión: “Tal vez hace 10 años”.
Después de Wimbledon se desconectó. Vacaciones, familia, poco más. Peloteos suaves con su mujer y sus hijos, nada que se pareciera a una preparación obsesiva para la gira de pista dura estadounidense.
Regresó en el torneo de Cincinnati. Pareció fuera de punto desde el primer día: derrota en el debut ante Thiago Tirante, problemas físicos bajo el calor y la humedad. Allí ya habló, de forma vaga, de un problema médico que llevaba “gestionando un par de años”, sin ofrecer detalles.
En Nueva York, en la rueda de prensa previa al torneo, quiso ver el lado positivo de la eliminación temprana en Cincinnati: dos semanas para entrenar, para “poner cuerpo y mente en el estado adecuado”. Dijo sentirse “tan preparado como podía estar”, aunque admitió que nada se parece a salir a Arthur Ashe a jugar al mejor de cinco sets. Reconoció también que las primeras rondas se le estaban haciendo cada vez más duras.
La realidad fue más cruel de lo que él mismo imaginaba.
Navone no se aparta, Djokovic se rompe
Navone no se deshizo nunca. Ni en el primer set, cuando hizo lo que durante años parecía casi imposible: ganarle un desempate a Djokovic en un grande. Ni en el arranque del tercer set, cuando salvó dos bolas de break y sostuvo el saque mientras el serbio se sentaba en el banco con dos bolsas de hielo en la cabeza.
En el cuarto parcial, Djokovic pareció encontrar una rendija. Le provocó errores, le rompió el servicio, vio la meta de cerca. El estadio olió a remontada clásica. El argentino, sin embargo, respondió de inmediato. Lo hizo correr en el siguiente juego, le devolvió el break, y en el siguiente se lo volvió a arrebatar. El cuerpo del serbio ya no respondía.
Pidió un tiempo médico antes del quinto set. El fisio trabajó sobre su zona lumbar, preparando lo que se intuía como un último intento. Pero el relato de los últimos dos años volvía a aparecer: Djokovic lleva tiempo hablando de lo que le cuesta cada vez más el formato al mejor de cinco sets. Sabe que dispone de un número limitado de horas de máximo esfuerzo. Si las gasta en la primera semana, llega vacío a la segunda.
Incluso ganando, su torneo ya parecía hipotecado a mitad del tercer set. En el quinto, el marcador se convirtió en un vía crucis. En el quinto juego, las lágrimas comenzaron a caerle por la cara. No lloraba por perder una primera ronda. Lloraba por lo que significaba.
Se disculpó por no haber rendido como quería, igual que lo hizo hace cinco años, cuando se quedó a un partido del Grand Slam de calendario y firmó una de sus peores actuaciones del año en la final del US Open. Aquella vez, el público de Nueva York lo abrazó como nunca y él rompió a llorar en el banquillo. Este domingo, al marcharse, giró sobre sí mismo y dedicó corazones con las manos a las cuatro esquinas del estadio.
El lobo mira al invierno
Hace apenas unos meses, Djokovic presentó un documental titulado “The Wolf in Winter”, una declaración pública de intenciones: negarse a aceptar sin lucha la llegada del final. Resistir al invierno de su carrera.
En Nueva York, en una noche de las que casi nunca ha vivido —de vulnerabilidad total, de cuerpo roto, de dudas sin respuesta—, el lobo se encontró de frente con la oscuridad de lo desconocido.
La pregunta ya no es cuántos títulos más puede ganar. La pregunta, después de Navone y de Arthur Ashe, es cuántas noches así está dispuesto a soportar para seguir siendo Novak Djokovic.




