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Roger Federer y su emotivo adiós en Newport

NEWPORT, R.I. — El sol caía sobre la pista de hierba en forma de herradura del International Tennis Hall of Fame cuando Roger Federer, traje beige impecable, caminó hacia el escenario. Besó y abrazó a Mirka, su esposa, que acababa de presentarlo, y entendió al instante que el reto ya no era ganar otro título. Era contener las emociones.

“Oh man”, soltó como primera frase el primer hombre que conquistó 20 títulos de Grand Slam en individuales. Miró al público, respiró hondo y añadió: “Esto es de muy alto nivel y difícil de seguir”. Intentó refugiarse en el humor. Bromeó con Mirka —“no sé si has estado practicando en secreto”— antes de elogiar la presentación de la persona que se convertía en el miembro número 272 del salón de la fama.

El “Swiss Maestro”, como lo anunciaron en la primera alfombra roja organizada por el Hall, había llegado a Newport como lo hizo durante toda su carrera: elegante, sereno, consciente de que todos los ojos estaban puestos en él. Pero esta vez no había raqueta ni red. Solo un atril, una carrera irrepetible y casi 30 minutos de discurso por delante.

Ahí se quebró.

Federer, que durante años flotó por la pista con un revés a una mano tan fluido como su movimiento hacia la red, el mismo que lo sostuvo 237 semanas consecutivas como número 1 del ranking ATP, se vio superado por las emociones en varias ocasiones. La primera grieta apareció hacia la mitad del discurso, cuando habló de su ídolo de infancia, Stefan Edberg. Las palabras apenas salían, pero alcanzó a aclarar que eran “lágrimas felices”.

No sería la última vez.

Volvió a emocionarse al recordar a su entrenador de siempre, Severin Lüthi. La voz se le quebró, la mirada se nubló. Y entonces llegó el momento que todos intuían como el más delicado: agradecer a Mirka.

“Ahora viene la parte de Mirka”, anunció. Se detuvo. Silencio. Y se rompió. “Oh gosh, esto es un desastre”, alcanzó a decir antes de que las lágrimas tomaran el control.

Trató de refugiarse otra vez en el humor, como quien busca un passing desesperado ante una bola imposible. Pero el corazón iba más rápido que las palabras. “Necesito pañuelos y gafas de sol, todo para protegerme ahora mismo”, confesó ante un público que lo acompañó con una ovación cálida, casi cómplice.

La escena recordaba a tantas remontadas suyas. Como cuando encadenó cinco títulos consecutivos del US Open entre 2004 y 2008, o cuando enlazó 10 finales de Grand Slam seguidas y ganó ocho de ellas. Esta vez no había tie-break, pero sí un cierre a la altura de su carrera. Agradeció hasta a los ball boys, aquellos que corrieron a su lado durante dos décadas, y lanzó un mensaje a las nuevas generaciones: seguir llevando el juego a nuevos niveles.

Apenas tres semanas después de cumplir 45 años, Federer subió definitivamente a la vitrina de la historia. Ocho Wimbledon, seis Australian Open, un Roland Garros en 2009 para completar el career Grand Slam, y un legado que ya no se mide solo en estadísticas. Es uno de solo ocho hombres que han ganado los cuatro grandes. Pero en Newport, los números quedaron en segundo plano. Lo que mandó fue la emoción.

“Estoy encantado de haber hecho este viaje hasta aquí”, dijo. “Es increíble verte a ti mismo en un lugar como este. Sumergirte en la historia de este deporte significa mucho para mí”. No sonaba a frase hecha. Sonaba a alguien que, por primera vez en mucho tiempo, se veía a sí mismo desde fuera de la pista.

No estuvo solo en el escenario. Junto a él fue inducida Mary Carillo, exjugadora y voz reconocible en las retransmisiones de tenis, ahora miembro también del Sports Broadcasting Hall of Fame. La encargada de presentarla fue otra leyenda, Billie Jean King, que la definió sin rodeos: “Se ha ganado su lugar en el periodismo deportivo y se ha ganado su lugar en Newport”.

Carillo, de 69 años, se plantó frente a un grupo selecto de miembros del Hall of Fame y dejó claro lo que significaba para ella ese momento. “Caminar por estas puertas aquí, en compañía de ustedes, estaba más allá de mis sueños”, confesó.

La noche cayó del todo sobre Newport. En la pista donde tantas historias del tenis encuentran su reposo definitivo, el hombre que durante años hizo parecer sencillo lo imposible dejó algo más que títulos y récords. Dejó la imagen de un campeón desarmado por sus propios recuerdos, consciente de que su nombre ya no pertenece solo a una época, sino a la historia permanente del juego.