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Roger Federer: El genio que lloró en Wimbledon

La primera vez que Roger Federer lloró tras una gran victoria, ni siquiera entendió qué le estaba pasando. Era 2001, Wimbledon, debut en la pista central y al otro lado de la red, nada menos que Pete Sampras. El rey destronado en su propio jardín. El suizo de 19 años se arrodilló, fue a la red, estrechó la mano de su héroe… y las lágrimas aparecieron sin avisar.

“¿Qué está pasando?”, se preguntaba entonces, según contó a CNN Sports. “Esto no es lo que yo soy normalmente”. A partir de aquel día, hasta su despedida entre sollozos en 2022, Federer no solo construyó una de las carreras más deslumbrantes de la historia del tenis; también se convirtió, casi sin querer, en el llorón más célebre del deporte.

Este fin de semana, el suizo entra en el International Tennis Hall of Fame. Y todo indica que el llanto volverá a escena.

El peso de una vida en una ceremonia

Newport, Rhode Island. Federer llega sabiendo que no es una gala más. Es la noche en la que toda su trayectoria se condensa en un escenario, un atril y un discurso. Y, sobre todo, en las caras que tendrá delante.

“Si hablo del juego y de toda la gratitud que tengo, y teniendo allí a toda mi familia –mis padres, mi mujer, mis cuatro hijos y todo mi equipo, entrenadores, fisios, etc.– creo que me va a llegar muy dentro”, admite horas antes del gran momento.

Sabe que, si se rompe, la escena será inolvidable. “Si pasa, será más memorable para mí personalmente, pero espero superar el discurso sin demasiados tropiezos. Ya veremos”. Él duda. Sus aficionados no. Llevan años esperando este reconocimiento que, en realidad, estaba escrito desde mediados de la década de los 2000.

El dominio que cambió el tenis

En 2004, Federer se adueñó del circuito. Ganó tres de los cuatro títulos de Grand Slam en individuales y se encaramó al número uno del mundo. Allí se quedó 237 semanas consecutivas. Nadie ha conseguido igualar esa tiranía en la cima.

En 2005 ganó más del 95% de sus partidos. Y, aun así, fue 2006 la temporada que se quedó grabada como su cumbre: otros tres grandes, 12 títulos en total, un balance de 92 victorias y solo 5 derrotas. Un 94,8% de efectividad que parece de otro deporte.

Durante años, la marca de Pete Sampras –14 grandes– pareció una muralla imposible. Federer la derribó en Wimbledon 2009 y no miró atrás. Su tenis, elegante hasta el extremo, su capacidad para hacer sencillo lo imposible, y una naturalidad desarmante fuera de la pista lo convirtieron en un icono global.

La cara oculta de la facilidad

Federer asegura que no tiene grandes arrepentimientos. Tal vez uno: haber dado la sensación de que todo le salía sin esfuerzo.

“Parecía que en realidad no le pegaba tan fuerte a la pelota”, recuerda sobre cómo veían otros su juego cuando era joven. “Pero salía de la raqueta con mucha potencia. La gente siempre pensaba: ‘Es tan simple para ti’, porque parecía elástico. Pero no era así. Había muchísimo trabajo y esfuerzo detrás”.

Ese estilo fluido, casi ingrávido, le persiguió en la derrota y en la victoria. “Cuando perdía, me decían: ‘¿Por qué no lo intentas más?’. Y cuando ganaba, decían: ‘Dios mío, es tan fácil para ti’”.

En esa contradicción puede esconderse el origen de tantas lágrimas. “El sacrificio fue enorme y estaba conteniendo muchísima presión”. Cada título, cada punto de partido salvado, cada final perdida… todo se acumulaba. Cuando el muro emocional cedía, el mundo veía llorar al campeón.

La vida sin el vértigo del circuito

Ahora, lejos del circuito, Federer habla con una serenidad que antes no podía permitirse. No hay rastro de ansiedad por volver a sentir la adrenalina de los grandes escenarios. “Estoy realmente feliz viviendo el día a día a un ritmo más bajo”, confiesa.

Padre de cuatro hijos, filántropo, inversor, empresario. La agenda sigue llena, pero de otra manera. Sin rankings, sin cuadros, sin puntos en juego. Y con algo que nunca quiso abandonar: los viajes. “Siempre he sido un tipo al que le encanta estar en la carretera”, admite. Solo que ahora los destinos ya no vienen marcados por el calendario ATP.

Un salón lleno de leyendas… y rivales soñados

La entrada en el Hall of Fame le ofrece algo más que un homenaje. Le permite imaginar partidos imposibles, cruzarse en la pista con quienes le precedieron en la historia.

“Tendría una pequeña lista”, dice, antes de soltar nombres de otra era: Rod Laver, Bjorn Borg, John McEnroe, Stefan Edberg, Boris Becker y, de nuevo, Sampras. “Creo que serían mis jugadores favoritos para enfrentarme. Siempre he admirado sus personalidades, lo que han conseguido y lo que representan en el juego”.

Hoy, su antiguo récord de 20 Grand Slams ya lo han superado Rafael Nadal y Novak Djokovic. El debate sobre el mejor de todos los tiempos seguirá vivo durante años. Pero para una legión de seguidores, el veredicto es inamovible: Federer es, y será, el más grande.

El hombre detrás del mito

Lejos de la red, Federer se mira en otros espejos. CNN le preguntó en qué más se considera bueno, ahora que ya no compite. Sonrió. “Intento mejorar en golf”, comentó. No le basta. “Me encantaría volver a empezar con un instrumento. Antes tocaba el piano, así que cuando tenga más tiempo me gustaría volver a ello, porque mis cuatro hijos y mi mujer tocan el piano”.

Más allá de hobbies, se aferra a lo esencial. “Espero ser un buen oyente y un buen tomador de decisiones. Ojalá sea un tipo con el que la gente disfrute estando. Soy muy de familia. Me encanta estar rodeado de mis amigos, esa es realmente la prioridad en mi vida”.

En Newport, cuando suba al escenario y mire al público, no verá estadísticas ni trofeos. Verá a los suyos. Verá al chico que lloró ante Sampras, al hombre que se despidió entre abrazos en 2022 y al padre que hoy viaja sin raqueta, pero con la misma curiosidad de siempre.

Si las lágrimas vuelven a aparecer, no serán un signo de debilidad. Serán la prueba definitiva de que incluso el tenista más perfecto necesitó toda una vida para aprender a ser, simplemente, Roger.