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Sabalenka y Rybakina: final histórica del US Open

Aryna Sabalenka llegó a Nueva York con una certeza incómoda: ni siquiera ganar el US Open le garantizaba seguir siendo número uno del mundo. Lo sabía antes de pegar la primera derecha en Flushing Meadows. Lo sabe aún más ahora, a las puertas de la final.

Elena Rybakina ya tiene asegurado el trono. La kazaja selló el relevo en lo más alto del ranking al alcanzar las semifinales y, pase lo que pase en la final del sábado, desbancará a la bielorrusa tras 99 semanas en la cima. El cambio de guardia es un hecho. Lo que está en juego ahora es algo distinto: orgullo, legado y un golpe directo a la narrativa de la temporada.

Rybakina ya le arrebató a Sabalenka el título del Abierto de Australia este año. Ahora puede profundizar la herida en el escenario más grande del tenis estadounidense. Otro triunfo, esta vez en Nueva York y con el número uno ya en el bolsillo, sería un mazazo simbólico de primer orden.

Para Sabalenka, sin embargo, es gasolina pura.

“Va a ser como un trapo rojo para un toro, no va a estar nada contenta”, advirtió la ex número uno británica Annabel Croft en BBC Radio 5 Live.

Y ahí está el punto: herida, cuestionada, con el ranking perdido… pero con la oportunidad de cerrar el año en alto y de firmar una hazaña histórica.

Sabalenka persigue algo que solo dos mujeres han logrado en la Era Abierta: conquistar el título individual del US Open tres años consecutivos. Dos coronas ya descansan en su vitrina; la tercera la espera al otro lado de la red, con la figura alta y fría de Rybakina bloqueándole el paso.

Su victoria en semifinales ante la tercera cabeza de serie, la estadounidense Jessica Pegula, fue el mejor mensaje posible. Tenía semanas sin mostrar ese nivel: un tenis encendido, agresivo, liberado. Frente a Pegula recuperó esa mezcla de fuego y ligereza que la convirtió en la jugadora dominante del circuito.

Después, ante los micrófonos, restó importancia a la pérdida del número uno, incluso bromeó con que no le importaba. Pero la fachada no engaña a quienes la rodean.

Su entrenador Anton Dubrov lo dejó claro. Para él, el golpe del ranking puede convertirse en un punto de inflexión.

“En realidad me gusta que haya pasado esto. Se acabó y es combustible extra”, explicó. “Ya no hay más desgaste mental ni vueltas sobre el mismo tema. Es un nuevo capítulo. Tienes que volver a perseguirlo. Es motivación extra. Ve y recupéralo”.

Esa es la narrativa interna del equipo: el trono se pierde, la persecución empieza de nuevo.

No siempre sonó tan convincente. Sabalenka aterrizó en Nueva York como bicampeona defensora, pero rodeada de dudas. No solo por resultados, también por su cabeza. Durante los últimos cinco meses, la jugadora de 28 años acumuló derrotas desde posiciones de dominio ante rivales a las que, sobre el papel, debía superar.

El derrumbe más llamativo llegó en los cuartos de final de Roland Garros. Ganaba por un set y doble break a la 25ª cabeza de serie, Diana Shnaider, y terminó desplomándose 3-6, 7-5, 6-0. Un marcador que pesa más por la forma que por los números.

La gira de tierra ya había dejado señales preocupantes. En Madrid desperdició seis puntos de partido ante Hailey Baptiste. En Roma se adelantó en el primer set frente a Sorana Cirstea y dejó escapar el duelo. Errores encadenados, desconexiones mentales, una fragilidad poco habitual en alguien que se había acostumbrado a imponer su ley en el circuito WTA.

El patrón se repitió en la gira norteamericana de pista dura. En Cincinnati, dominaba con claridad a la checa de 20 años Sara Bejlek y terminó perdiendo en dos sets. Cada partido que se le escapaba alimentaba la misma pregunta: ¿dudas pasajeras o fisura profunda?

Desde dentro del equipo, nadie apretó el botón del pánico. Jason Stacy, su preparador de alto rendimiento, describe un enfoque diferente: menos control, más espacio.

“Todos entendemos que esto forma parte del proceso”, explicó. “Le damos espacio para ser ella misma, la ayudamos a descubrir qué puede funcionar para ella en este momento. Darle esa libertad, sabiendo que cuenta con nuestra guía, le da una fuerza de la que pocos disfrutan”.

Esa combinación de libertad y respaldo se ha traducido en algo tangible en Nueva York. Sabalenka parece más ligera, pero no menos feroz. Menos pendiente de justificar su estatus, más centrada en el golpe siguiente.

Mientras tanto, Rybakina llega a la final con la serenidad de quien ya ha cumplido una misión importante. El número uno está asegurado. El título del Abierto de Australia ya está en el bolsillo. Pero la oportunidad que se abre ahora va más allá de un trofeo: puede cerrar el círculo de una temporada en la que ha ido minando, paso a paso, la autoridad de Sabalenka.

La bielorrusa, por su parte, se aferra a sus victorias recientes para equilibrar el relato. Tras la final perdida en Melbourne, la ha derrotado en Indian Wells y Miami. Dos golpes que le recuerdan que no se trata de una rival inabordable, sino de un pulso abierto entre dos de las pegadoras más implacables del circuito.

No hay ranking que tape lo evidente: este duelo va mucho más allá de un número al lado del nombre. Es una batalla por el control de la narrativa en la cúspide del tenis femenino. Rybakina ya tiene el trono asegurado. Sabalenka aún puede quedarse con la noche de Nueva York.

Y en una temporada marcada por sus altibajos mentales, no hay escenario más brutal ni más perfecto para descubrir de qué está realmente hecha.