La Selección Irlandesa y el Debate sobre Israel: Un Honor Cuestionado
La expectación en torno a la próxima lista de la selección irlandesa no tiene nada de normal. No se trata solo de quién entra o quién se queda fuera por decisión técnica. Esta vez, cuando Heimir Hallgrímsson anuncie la convocatoria para los partidos contra Israel, cada nombre llevará un peso que nunca debería haber recaído sobre los hombros de los futbolistas.
Ser internacional siempre ha sido, para la mayoría, el honor supremo. Vestir la camiseta del país, escuchar el himno, representar a tu gente. Ahora, algunos jugadores se verán obligados a preguntarse qué significa exactamente ese honor cuando el rival es un Estado acusado de cometer genocidio. Esa duda, esa carga moral, no la generaron ellos. Les llega impuesta.
La cobardía del consejo directivo de la FAI ha desplazado una decisión de Estado hacia el vestuario. En lugar de asumir una postura clara, la federación deja que sea cada jugador quien decida si quiere disputar un partido contra una nación señalada por una campaña de terror sistemático. Es un despropósito. Y es profundamente injusto.
Quien siga repitiendo que “la política no tiene lugar en el deporte” vive en una fantasía cómoda. La política atraviesa cada rincón de la vida pública. El fútbol no es una burbuja aséptica, es un escaparate global. Negar esa realidad es cerrar los ojos ante el contexto en el que se juega el partido.
Hay quien discute todavía la palabra “genocidio”, agarrado al hecho de que los procesos legales internacionales llevan años. Pero la cuestión inmediata no es un veredicto judicial futuro, sino los hechos que ya están a la vista: una ofensiva sostenida, respaldada por potencias occidentales, que ha dejado decenas de miles de civiles muertos, entre ellos más de 25.000 niños. Ante eso, la respuesta ética no puede quedar congelada a la espera de un dictamen.
Cuando una institución se enfrenta a decisiones de verdadero calado, sus dirigentes tienen la obligación de informarse, de ponderar y de actuar en consecuencia. Si el crimen más grave en el derecho internacional entra en juego, lo lógico, casi instintivo, sería negarse sin matices a competir contra el Estado acusado mientras persista esa situación. La sola idea de disputar un partido contra Israel debería resultar moralmente intolerable.
En noviembre pasado, la FAI pareció entenderlo. El consejo acordó pedir formalmente a la UEFA la exclusión de Israel. Ese gesto fue recibido con aplausos, como un ejemplo de principios por encima de los intereses deportivos o económicos. Parecía una línea roja clara: ningún equipo, ningún jugador, debería ser obligado a cumplir un calendario que incluya a Israel mientras continúe su campaña de devastación.
Pero aquella firmeza se evaporó en cuanto el sorteo emparejó a Irlanda con Israel. Desde ese instante, el principio se guardó en un cajón. La FAI decidió jugar.
No actúa sola en este terreno resbaladizo. El Gobierno, con sus dilaciones vergonzosas en torno al proyecto de ley sobre los Territorios Ocupados, marcó un tono de tibieza que otras instituciones han seguido con docilidad. En el deporte, la FAI no es la única que ha renunciado a una brújula ética. La GAA ha preferido mantener su relación comercial con Allianz pese a las críticas. Pero es el fútbol irlandés el que ahora ofrece a Israel un respaldo simbólico de enorme valor.
Los partidos se disputarán. Eso ya está claro. Lo que ocurra el 27 de septiembre y el 4 de octubre en el marcador será irrelevante frente al mensaje que dejará el simple hecho de que el balón ruede. Una vez se jueguen esos encuentros, solo habrá un ganador, y no será Irlanda.
Quienes han protestado, dentro y fuera del deporte, han llevado su campaña hasta donde han podido. La FAI ha impuesto su decisión. Israel se lleva el rédito.
El Gobierno tampoco sale indemne. Ha fallado en múltiples responsabilidades desde el inicio de esta tragedia. Su inacción y sus mensajes ambiguos han servido de escudo para otros. La FAI encontró en esa postura un cómodo refugio. Cuando el Taoiseach Micheál Martin respaldó que los partidos siguieran adelante, lo hizo con declaraciones desconectadas de la gravedad del momento, hablando de “rejuvenecimiento” y de “viaje” de la selección, deseando suerte al equipo como si se tratara de un amistoso cualquiera.
Y así, Irlanda se encamina a disputar unos encuentros en los que los puntos y el dinero en juego se colocan, en la práctica, por delante de la vida de decenas de miles de civiles. Entre ellos, decenas de miles de niños.
El principio, en este escenario, se ha revelado como una moneda barata.



