Stan Wawrinka se despide del US Open con una emotiva ovación
En la Grandstand, abarrotada hasta el último asiento, no importó el marcador. Importó el hombre. Stan Wawrinka, 41 años, tres veces campeón de Grand Slam, jugó en Flushing Meadows el último partido de su carrera en un grande. Perdió en tres sets ante Matteo Berrettini. Ganó todo lo demás.
El suizo, campeón del US Open en 2016, se marchó entre lágrimas contenidas y un estruendo de aplausos que parecía no tener fin. El público se puso en pie, miles de aficionados comprimidos en una pista de 8.000 plazas para despedir a uno de los golpeos más icónicos de este siglo: su revés a una mano. Y a un competidor que nunca se guardó nada.
Un adiós que casi no sucede
Lo más llamativo es que este adiós en Nueva York estuvo a punto de no producirse. Wawrinka no figuraba en la lista inicial de invitados del torneo. El wildcard se le escapó en primera instancia. Solo la baja del estadounidense Patrick Kypson, a última hora, abrió la puerta.
La llamada llegó el miércoles. Para entonces, Wawrinka ya había abandonado la ciudad. Estaba de vuelta en las montañas suizas, lejos del ruido de Manhattan y de las luces del Arthur Ashe. Dos días antes había hecho las maletas convencido de que el US Open 2024 lo vería por televisión.
La noticia cambió los planes. Cambio de rumbo inmediato, billete de regreso al otro lado del Atlántico y una decisión clara: había que despedirse donde una década atrás levantó uno de los títulos que definieron su carrera.
“Estoy muy agradecido por este wildcard. Era muy importante para mí terminar aquí, donde gané un Grand Slam hace 10 años. Quiero daros las gracias por todos estos años”, dijo en pista, con la voz quebrada, ante una grada que no dejaba de aplaudir.
Un partido digno de su carácter
El resultado, 3-0 para Berrettini, no cuenta la historia completa. Wawrinka tuvo opciones. Muchas. Set point en la primera manga. Tres más en la segunda. Cada vez que el suizo olía el set, el italiano respondió con autoridad, especialmente con el servicio, y fue inclinando la noche a su favor.
En el tercer parcial, con las oportunidades ya desperdiciadas y el físico del veterano campeón bajando una marcha, Berrettini aceleró y cerró el encuentro sin mirar atrás. El italiano, finalista de Wimbledon en 2021, entendió el momento. Antes de que Wawrinka tomara el micrófono, se unió a la ovación y lideró los aplausos desde el otro lado de la red.
La derrota no borró nada. Solo subrayó lo que siempre definió al suizo: competir hasta el límite, incluso cuando el cuerpo ya no acompaña como antes. “Me ha demostrado que hice lo correcto todos estos 20 años, intentando luchar siempre, estar presente, dar lo mejor y empujarme hasta el límite”, confesó después.
La Grandstand, en pie para Stan
La escena final fue puro Wawrinka. Corazón en la mano, corazón dibujado con los dedos. El suizo se giró hacia cada lateral de la pista, pidió más ruido, absorbió cada grito como si quisiera guardarlo para siempre. Después, empezó a golpear pelotas hacia las gradas, pequeñas reliquias volando hacia unas manos que se estiraban como si fueran a atrapar un trofeo.
En la ceremonia, el director ejecutivo Craig Tiley le entregó un montaje fotográfico de su triunfo en el US Open. Imágenes de 2016, del Stan que tumbó gigantes en Nueva York, proyectadas sobre el Stan de 2024, con más canas, más cicatrices y la misma mirada competitiva.
“Estoy súper agradecido por esta despedida”, dijo, todavía sobre la pista. “Lo más importante para mí es lo que recibo de los aficionados cuando juego”. Y en esa Grandstand, el mensaje fue rotundo: respeto absoluto.
Dos décadas de pelea
Wawrinka se va con tres grandes: Australian Open 2014, Roland Garros 2015 y US Open 2016. Se va con un ranking que llegó al número tres del mundo. Se va con uno de los reveses más estudiados en academias de tenis de todo el planeta. Pero sobre todo se va con una reputación: la del jugador que nunca eligió el camino fácil.
Su carrera se desarrolló a la sombra de gigantes. Frente a Novak Djokovic, Rafael Nadal y Roger Federer, Wawrinka no fue el más laureado, pero sí uno de los pocos capaces de romper el dominio del llamado Big Three en los escenarios grandes. Lo hizo a su manera, con potencia, agresividad y una fe casi obstinada en su propio tenis.
Quizá por eso el público de Nueva York se volcó desde el primer minuto. Los aficionados hicieron cola con antelación para asegurarse un asiento. Sabían que podía ser la última vez que vieran a Wawrinka en un Grand Slam. No querían perdérselo.
Un cierre a la altura de su historia
El suizo ya había anunciado que se retirará al final de esta temporada. El US Open era una parada obligatoria en ese viaje final. El wildcard tardío, el regreso exprés desde Suiza y la atmósfera casi íntima de la Grandstand convirtieron esta noche en algo más que un simple partido de primera ronda.
No hubo vuelta épica ni victoria inesperada. No hacía falta. La épica ya estaba escrita desde hace años. Lo que quedaba era la despedida. Y Nueva York, una ciudad que reconoce a los suyos, supo darle a Stan Wawrinka exactamente lo que merecía: una ovación larga, sentida, difícil de olvidar.
Cuando dejó la pista, entre aplausos y manos alzadas, no parecía un jugador que se marcha derrotado. Parecía un campeón que, después de 20 años de lucha, por fin se permite escuchar todo lo que el tenis le devuelve. Y esa, para él, siempre fue la victoria más importante.




