Alexander Zverev avanza a otra final de Grand Slam
Durante más de una hora y media, Arthur Ashe Stadium fue un gigante adormecido. Semifinal masculina, sesión nocturna, un escenario que suele hervir. Esta vez, apenas un murmullo. El motivo era sencillo: Alexander Zverev estaba convirtiendo su duelo con Karen Khachanov en un trámite.
Hasta que, por fin, algo se encendió.
Con un set y un break en contra, Khachanov se negó a salir en silencio de la pista donde se juegan las grandes historias. El ruso, número 50 del mundo pero con un currículum que pesa mucho más que esa cifra, se agarró al partido, recuperó el quiebre y empujó el segundo parcial hasta el tie-break. Ahí, con 5-6 y saque, salvó la primera bola de set con un derechazo ganador a la línea. Con 6-7, se inventó un passing de revés cruzado y lo celebró con un rugido desafiante, casi de rabia contenida.
En otro tiempo, ese momento habría abierto una grieta en el juego mental de Zverev. No esta temporada.
El alemán respiró, se recompuso y volvió al plan. Sin aspavientos, sin gestos grandilocuentes. Simplemente, volvió a ganar los puntos importantes. Se llevó ese desempate, repitió guion en el tercero y cerró la semifinal por 6-3, 7-6(7), 7-6(6), para situarse a un solo partido de su segundo título de Grand Slam en sus tres últimos grandes torneos.
Un Zverev distinto al de 2020
La estadística ya dibuja la dimensión del momento que vive. Zverev encadena tres finales consecutivas de Grand Slam por primera vez en su carrera. Campeón en Roland Garros, finalista en Wimbledon, ahora otra vez en la pelea por el título en Nueva York, donde ya sabe lo que es jugar una final grande.
Fue aquí, en 2020, cuando se le escapó de las manos su primera gran corona ante Dominic Thiem. Ganaba por dos sets a cero, llegó a sacar para el título y acabó desplomándose en un quinto set dramático, en un US Open sin público y marcado por la pandemia. Aquella herida le persiguió durante años.
Cuatro años después, regresa al último domingo del torneo con otro peso en los hombros: la experiencia. Esta será su sexta final de Grand Slam. Y, sobre todo, llega con la sensación de que ya sabe cerrar.
Khachanov, un rival incómodo con nombre propio
El favoritismo de Zverev era claro, pero el rival invitaba al respeto. El ranking actual de Khachanov, ese número 50, engaña. A sus 30 años, el ruso ha sido número 8 del mundo, campeón del Masters 1000 de París en 2018, medalla de plata olímpica en Tokio 2020 —precisamente por detrás de Zverev— y semifinalista en grandes escenarios.
Además, su historial directo no era precisamente un paseo para el alemán. Zverev mandaba 6-3 en el cara a cara, pero Khachanov le había derrotado el año pasado en Canadá. Y, dato nada menor, había ganado más veces a Zverev que los otros dos posibles finalistas juntos.
La realidad, sin embargo, terminó pesando del lado del número 2 del mundo. El saque de Zverev fue un muro constante, y su solidez desde el fondo terminó asfixiando a un Khachanov al que la derecha le traicionó en los momentos de máxima tensión. Cada vez que el ruso amagaba con estirar el partido, aparecían los errores con ese golpe, especialmente en los tramos finales del segundo y tercer set.
Un cuadro despejado… pero implacable
La historia de este torneo encaja con la que ya se vio en Roland Garros. Entonces, la eliminación temprana de Jannik Sinner, la ausencia por lesión de Carlos Alcaraz y los problemas físicos de Novak Djokovic dejaron la pregunta flotando en el ambiente: ¿quién podía frenar a Zverev?
En Nueva York, el guion se ha parecido mucho. En la parte alta del cuadro, el alemán ha evitado a los grandes colosos. Sus rivales mejor clasificados camino a la final han sido el número 22, Luciano Darderi, y el número 28, Alejandro Tabilo. Si levanta el trofeo, habrá conquistado sus dos primeros Grand Slams sin medirse a un solo top-8.
La objeción es evidente. La respuesta, también: un tenista solo puede ganarle al que tiene delante. Y Zverev, después de sufrir dos partidos a cinco sets en las primeras rondas, no ha vuelto a ceder un solo set. Ha impuesto jerarquía, ha gestionado los momentos de presión y ha jugado como lo que es ahora mismo: un candidato habitual al título, no una sorpresa.
En la final, las cifras también le sonríen. Contra Ben Shelton y Frances Tiafoe, sus posibles rivales, acumula un balance conjunto de 15 victorias y una sola derrota. Esa única mancha, ante Tiafoe, ocurrió hace nueve años, casi en otra vida tenística.
Una semifinal de élite… con ambiente de partido menor
Hay un dato que resume la extraña atmósfera de la noche en Arthur Ashe. A pesar de tratarse de una semifinal de Grand Slam, con el número 2 del mundo en pista y un ex semifinalista enfrente, el partido apenas despertó interés en la reventa. En un torneo sacudido por la polémica de los precios desorbitados en las plataformas de reventa, este duelo se vendía antes del inicio por apenas 21 dólares en StubHub.
El contraste con el nivel deportivo fue llamativo. En la pista, un jugador consolidando el mejor tramo de su carrera. En las gradas, huecos impropios de una noche grande en Nueva York.
Zverev, sin embargo, no se dejó contagiar por ese clima tibio. Cerró el puño, aseguró su saque, dominó los dos tie-breaks y salió del estadio sabiendo que, el domingo, volverá a estar donde siempre quiso: en el centro exacto del escenario, con otro título de Grand Slam a su alcance.
La pregunta ya no es si está preparado para ese momento. La verdadera incógnita es quién se atreverá a sacarlo de ahí.




