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Zverev alcanza su tercera final de Grand Slam consecutiva en Nueva York

Alexander Zverev ya juega en otra liga. El alemán, primer cabeza de serie en Flushing Meadows, se plantó en la final del US Open con una victoria en tres sets, pero muy lejos de ser un paseo, ante Karen Khachanov: 6-3, 7-6 (9/7), 7-6 (8/6). Tercer Grand Slam consecutivo en el que alcanza la final. Pleno de un jugador que ha decidido vivir instalado en las últimas rondas.

Viene lanzado: título en Roland Garros, final en Wimbledon y ahora, otra oportunidad en Nueva York, el escenario donde en 2020 se le escapó el trofeo ante Dominic Thiem después de ir dos sets arriba. Aquella herida aún supura. Y se nota en la forma en la que compite.

El domingo le espera el ganador del duelo completamente estadounidense entre Ben Shelton (cabeza de serie número 8) y Frances Tiafoe (11). Zverev lo ve claro: será una batalla. Y su misión, como él mismo dijo, es sencilla y cruel: arruinar el sueño de un país que lleva 23 años sin ver a uno de los suyos levantar un grande desde el título de Andy Roddick en 2003.

“Espero no hacer realidad el sueño americano el domingo”, soltó, con una media sonrisa, tras sellar el pase a la final.

De la maratón al control: otro Zverev en la segunda semana

Su torneo no empezó con el aura de un número uno del cuadro. En las dos primeras rondas, Zverev se dejó nueve horas y 26 minutos en pista, con dos duelos a cinco sets que hicieron saltar las alarmas sobre su físico y su gestión de esfuerzos.

Desde entonces, ha cambiado el guion. Más agresivo, más directo, menos concesiones. Ante Khachanov necesitó 2 horas y 57 minutos, pero cada minuto fue una batalla de alta intensidad. El ruso, número 50 del mundo, perseguía un hito: convertirse en el finalista de Grand Slam con peor ranking desde el número 54 Marcos Baghdatis en el Abierto de Australia 2006.

No lo consiguió, aunque no se fue sin dejar huella.

“Victoria en tres sets, pero todo menos sencilla”, admitió Zverev. “Él jugó increíble, luchó increíble”.

Un primer set sin concesiones

El partido arrancó con un Zverev muy claro en el plan: mandar con el servicio, dominar con la derecha y no permitir que Khachanov se metiera en los intercambios largos que tanto le gustan. El ruso, incómodo, no encontraba huecos ni ritmo. El primer set se le escapó sin poder hacer verdadero daño al resto.

Zverev se adelantó 6-3, con la sensación de tener el duelo bajo control. Pero Khachanov no es de los que se borran.

Khachanov despierta y obliga a Zverev a rozar el límite

El segundo set cambió la temperatura del encuentro. Zverev rompió pronto y parecía que el partido se deslizaba hacia una victoria rutinaria. Entonces, Khachanov encontró una rendija.

El ruso se permitió incluso sonreír cuando coló un passing shot cruzado que dejó clavado a Zverev al inicio del cuarto juego. Tres puntos después, levantó el brazo con rabia: un derechazo ganador le dio su primera bola de break. La aprovechó gracias a una doble falta del alemán. De repente, el set se equilibró y el ambiente se encendió.

El parcial se marchó al desempate. Ahí, Khachanov se agarró con todo. Salvó dos puntos de set con un latigazo de derecha y un revés paralelo brillante. Parecía que el ruso se venía arriba, pero Zverev apretó los dientes y cerró el set por 9-7 en el tie-break. Golpe duro para un Khachanov que había hecho casi todo bien.

Tercer set al filo… y un desenlace cruel para el ruso

El tercer set fue una cuerda tensa. Ninguno de los dos logró una sola bola de break. Servicio, nervios y pequeños detalles. Cada punto pesaba el doble.

El tie-break era inevitable. Y allí, Khachanov pareció por fin encontrar la rendija que llevaba buscando todo el partido. Se puso 6-4 arriba. Dos puntos de set. Dos oportunidades para alargar el duelo, para castigar las piernas de un Zverev que ya venía con mucho desgaste acumulado en el torneo.

Pero el ruso se traicionó con su mejor golpe. Dos errores de derecha consecutivos borraron sus opciones. Zverev, implacable, respondió con su 15º saque directo del partido y, en el punto siguiente, vio cómo otra derecha de Khachanov se marchaba larga. Partido cerrado. Final asegurada.

“En el segundo y tercer set es más que evidente que pudieron ir para cualquiera de los dos lados”, analizó Zverev. “Yo jugué unos pocos puntos mejor aquí y allá, y estoy contento con la victoria”.

Un día de tenis con eco histórico en Nueva York

La jornada tuvo un tono especial desde el inicio. En las ceremonias del himno nacional, tanto en la sesión diurna como en la nocturna, el estadio se detuvo para recordar el 25º aniversario de los atentados del 11 de septiembre, que derribaron las Torres Gemelas del World Trade Center. Silencio, respeto y un murmullo contenido antes de que la pelota volviera a botar.

En lo deportivo, la otra gran historia del cuadro masculino se escribe con acento local. Ben Shelton llega a las semifinales tras tumbar al vigente campeón y siete veces ganador de Grand Slam, Carlos Alcaraz, en un duelo épico a cinco sets que terminó a las 3:34 de la madrugada, la hora de cierre más tardía en la historia del US Open.

Shelton persigue su primera final de un grande. Frances Tiafoe, también. Uno de los dos tendrá la oportunidad de poner fin a la sequía de títulos masculinos estadounidenses en Grand Slam. El país entero mira hacia ellos.

Shelton manda en el cara a cara, pero sus dos enfrentamientos previos en Nueva York cuentan una historia de equilibrio: triunfo de Shelton en los cuartos de final de 2023 y revancha de Tiafoe en tercera ronda al año siguiente.

Rybakina–Sabalenka, otra trama en paralelo

El sábado será el turno de la final femenina. Elena Rybakina, bandera de Kazajistán, tratará de impedir que Aryna Sabalenka encadene su tercer título consecutivo en el torneo. La bielorrusa llega tocada en el orgullo: hace apenas unos días perdió el número uno del mundo precisamente a manos de Rybakina, que firmó su ascenso al alcanzar las semifinales.

Mientras tanto, Zverev ya tiene claro su papel en este US Open: verdugo de maratones al principio, ejecutor frío en la segunda semana y, ahora, guardián del último muro que separa a Estados Unidos de romper una sequía que dura más de dos décadas.

La pregunta ya no es si está preparado para otra final. La cuestión es si alguien será capaz de frenar a un jugador que, por fin, parece haber hecho las paces con los escenarios más grandes.