Alexander Zverev avanza a la final del US Open tras vencer a Khachanov
Alexander Zverev ya no llama a la puerta: la ha tirado abajo. El alemán se metió en su tercera final de Grand Slam consecutiva tras imponerse con autoridad a Karen Khachanov en el US Open, 6-3, 7-6 (9-7), 7-6 (8-6), y mantiene vivo su pulso por levantar su segundo grande del año.
Favorito en Nueva York tras estrenar por fin su palmarés de Grand Slam en Roland Garros en junio y rozar el título en Wimbledon en julio ante Jannik Sinner, el número uno del cuadro masculino confirmó en la Arthur Ashe que atraviesa el tramo más sólido de su carrera. No brilla a ráfagas: domina a lo largo de semanas.
Un inicio implacable
El primer set fue una declaración de intenciones. Zverev impuso su saque con una solvencia casi insultante: ganó 13 de 15 puntos con su primer servicio y se adueñó de la red, donde cerró los nueve puntos que disputó. El ruso, número 50 del mundo, apenas encontró aire.
El quiebre llegó para el 5-3, consecuencia lógica de la presión constante del alemán, que mandó desde el fondo y castigó cada segundo servicio de Khachanov. Un juego de servicio más, firme, sin dudas, y el set cayó de su lado. Parecía una tarde corta.
No lo fue.
Khachanov se rebela, Zverev responde
El ruso se negó a salir del torneo sin dejar marca. En el segundo parcial, pese a ceder pronto su saque, apretó los dientes, ajustó las líneas y empezó a encontrar ángulos con su derecha. Recuperó el break y convirtió el duelo en una batalla más densa, más física.
El tie-break condensó la tensión del partido. Zverev dispuso de bola de set, pero Khachanov la borró con un revés espléndido tras un intercambio de 22 golpes, el punto más espectacular de la noche. Parecía que el ruso había encontrado por fin una rendija emocional.
La respuesta de Zverev fue la de un jugador que ya sabe lo que es ganar un grande. Tomó la iniciativa en el siguiente punto clave, volvió a abrir la pista con paciencia, defendió desde el fondo con piernas y cabeza, y terminó forzando el error del ruso para hacerse con el segundo set. Ahí se inclinó el duelo.
Dos tie-breaks, un solo dueño
El tercer parcial se jugó sobre una cuerda floja. Ni uno ni otro concedieron una sola bola de break. Los servicios mandaron, los intercambios se acortaron y el reloj empezó a pesar más en la mente que en las piernas.
En el nuevo desempate, Khachanov golpeó primero. Entró mejor, se soltó y se fabricó dos bolas de set. Dos oportunidades para alargar la noche, dos ventanas para sembrar dudas en la cabeza del primer cabeza de serie.
Zverev las borró ambas. Sin aspavientos, sin dramatismo. Ajustó el primer saque, eligió bien los momentos para subir a la red y volvió a hacer pequeño el campo del ruso. Desde ese instante ya no miró atrás. Encadenó puntos, impuso su jerarquía y cerró el partido cuando Khachanov mandó largo un golpe de derecha. Final en tres sets, pero con cicatrices de partido grande.
De la madrugada al gran escaparate
El propio Zverev recordó, ya con el pase a la final en el bolsillo, cómo empezó su torneo en Nueva York: con dudas, con partidos a cinco sets en las dos primeras rondas, con charlas a las tres de la mañana en el vestuario riéndose con su equipo “de lo mal” que estaba jugando. Esa mezcla de autocrítica y humor, explicó, le ayudó a soltar tensión. Desde entonces, no ha vuelto a perder un set.
Su consistencia esta temporada contrasta con el vía crucis físico de figuras como Sinner o Carlos Alcaraz, castigados por las lesiones. Mientras ellos se detienen, el alemán ha enlazado las semifinales en los cuatro grandes y disputará en Flushing Meadows su sexta final de Grand Slam.
En Nueva York, Zverev ya sabe lo que es vivir una noche amarga: la de 2020, cuando dejó escapar una final que tenía encarrilada ante Dominic Thiem en cinco sets. Cuatro años después, regresa al mismo escenario, pero con un bagaje distinto, un grande en la vitrina y un poso competitivo que entonces no tenía.
Shelton o Tiafoe, el último obstáculo
El domingo le espera el gran escaparate de la Arthur Ashe y un rival con bandera estadounidense: el octavo cabeza de serie Ben Shelton o el undécimo, Frances Tiafoe, que se miden en la sesión nocturna del viernes. Dos ídolos locales, dos estilos explosivos, dos historias que conectan con las gradas neoyorquinas.
Zverev lo sabe y no lo esconde: el ambiente estará del lado del rival. Él, sin embargo, llega con algo que no se compra: la inercia de quien encadena finales grandes y se ha acostumbrado a vivir en esa altura.
En 2020 se marchó de Nueva York con la sensación de haber dejado escapar su gran oportunidad. Esta vez, con otro Grand Slam ya en el bolsillo y el juego más maduro de toda su carrera, la pregunta es otra: ¿está ante el inicio de su propia era en los grandes escenarios?




