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Alexander Zverev: De la derrota en 2020 a la victoria en Nueva York

Alexander Zverev caminó hacia la línea de fondo del Arthur Ashe con una calma engañosa. El marcador decía que estaba a un juego del título del US Open. Su memoria, en cambio, tenía motivos de sobra para temblar.

Seis años atrás, en esa misma ciudad y en otro escenario de máxima tensión, el alemán había dejado escapar una final que parecía suya. Dos sets arriba ante Dominic Thiem, servicio para ganar en el quinto, y una derrota que lo persiguió durante años. Aquella noche salió entre lágrimas y con una frase clavada en la ceremonia de trofeos: “Ojalá algún día pueda llevarme el trofeo a casa”.

Ese día llegó. Y llegó con un Zverev distinto.

Un cierre sin celebración… porque no sabía que había ganado

Frente al estadounidense Ben Shelton y ante una grada volcada con el héroe local —unas 24.000 personas empujando cada punto del joven zurdo—, Zverev no pestañeó. Ganó 6-3, 7-6 (7-2), 5-7 y 6-2. Lo hizo con autoridad, con una frialdad casi inquietante. Tanto, que ni siquiera se dio cuenta de que el último servicio había cerrado el partido.

Metió otro saque imparable, Shelton no pudo devolver, el estadio estalló… y Zverev, en lugar de caer al suelo o levantar los brazos, se fue directo otra vez a la línea de fondo, preparado para sacar de nuevo. Solo cuando su equipo le gritó que el partido había terminado, el número dos del mundo despertó de ese trance competitivo.

“En ese momento estaba muy metido en la zona. No escuchaba nada de ruido”, explicó después. Recordó la lección clásica de cualquier entrenador de tenis: jugar siempre el siguiente punto, olvidar el marcador. Esta vez lo llevó al extremo. Se olvidó del resultado… y acabó con el título en las manos.

Cuando por fin la realidad le alcanzó, el alemán de 29 años dejó escapar una sonrisa amplia, casi incrédula, antes de alzar los brazos. La imagen opuesta a aquella de 2020, cuando el llanto lo quebró frente a las cámaras. Entonces deseaba una copa. Hoy ya tiene dos grandes en tres meses.

De París a Nueva York: el año que lo cambia todo

Zverev llega a este US Open como campeón de Roland Garros, el título que por fin rompió la barrera psicológica de los grandes. Ahora añade Nueva York a su colección y pone punto final a una sequía histórica para el tenis alemán masculino.

“Estuvimos 30 años sin ganar un título de Grand Slam y ahora hemos ganado dos en tres meses”, recordó. Para él, 2026 no es un accidente, sino la consecuencia de todo lo que hubo antes: años de golpes, lesiones, dudas, críticas y una reconstrucción paciente.

Su temporada habla por sí sola: semifinales en el Abierto de Australia, final en Wimbledon, campeón en París y campeón en Nueva York. Un recorrido de jugador dominante, sostenido por algo más que talento: un físico imponente y una mentalidad endurecida.

La propia Marion Bartoli, campeona de Wimbledon y voz autorizada en la radio británica, lo resumió con claridad: no ve a nadie más en el circuito tan preparado físicamente. Citó nombres como Carlos Alcaraz, Jannik Sinner, Novak Djokovic o Rafael Nadal en su plenitud, y aun así colocó a Zverev “entre los mejores atletas que han jugado este deporte”.

Del abismo en primera ronda a la fortaleza del campeón

El título en Flushing Meadows no fue un paseo. Zverev tuvo que caminar por el alambre desde el inicio. Sus dos primeros partidos se alargaron a cinco sets, terminando de madrugada en Nueva York. En la primera ronda llegó a estar a dos puntos de la derrota. Sobrevivió, se sostuvo en su servicio, fue afinando su juego y, desde la tercera ronda hasta la final, no volvió a ceder un solo set.

Ante Shelton, la batalla ya no era solo táctica o física. Era emocional. El público empujaba cada punto del estadounidense, cada error del alemán se celebraba como un break. Zverev eligió otra ruta: contención absoluta. Ni gestos grandilocuentes, ni broncas, ni raquetas volando. Incluso cuando perdió el tercer set, no soltó el control del partido.

Annabel Croft, ex número uno británica, se rindió ante esa calma. Habló de su “fuerza de carácter” y de ese estado “zen” que mantuvo desde el primer punto. Lo que más la impactó fue esa escena final: un campeón que no sabe que ya lo es. “Era como si estuviera en trance”, admitió, sorprendida.

Familia, enfermedad y una promesa cumplida

En esta ocasión, la historia también cambió en las gradas. En 2020, sus padres no estuvieron en la final de Flushing Meadows. Esta vez, su padre y entrenador, Alexander Zverev Sr., sí ocupó su lugar al borde de la pista, testigo directo del momento que ambos perseguían desde la infancia del jugador.

Zverev no se olvidó tampoco de su madre, figura clave desde que le diagnosticaron diabetes tipo 1 cuando era niño. Recordó cómo los médicos advirtieron que su vida y su carrera deportiva estarían muy limitadas. Y cómo, ante ese horizonte, su madre se plantó y decidió creer.

“Cuando los doctores te dicen que la vida y el deporte serán muy limitados para ese niño, se necesita una madre muy fuerte para decir: ‘Mi hijo será lo que él quiera ser’”, contó. “Mi madre es la persona más importante y más fuerte que conozco”.

En la pista central más grande del mundo, con el trofeo del US Open en las manos, esa frase dejó de ser solo un elogio familiar. Se convirtió en la conclusión lógica de una vida entera llevada a contracorriente.

Zverev ya no es el chico que se derrumba en las finales. Es el hombre que, incluso sin saber que ha ganado, sigue preparado para jugar el siguiente punto. Y en una era marcada por Alcaraz y Sinner, con las sombras todavía alargadas de Djokovic y Nadal, la pregunta deja de ser si puede competir con ellos.

La pregunta, ahora, es cuántos grandes más está dispuesto a arrancarles.