Lewis Hamilton fuerza el límite y sufre un pinchazo
Lewis Hamilton había avisado por radio que, si podía, llevaría el coche de vuelta. Que solo se detendría si no quedaba otra opción. Era una promesa de piloto orgulloso, de veterano que no se rinde aunque el coche vaya herido. Y durante unos segundos, pareció dispuesto a cumplirla… hasta que el muro se cruzó en su camino.
En plena vuelta lanzada, Hamilton llegó pasado a la última curva, bloqueó ruedas y se fue directo contra la barrera Tecpro. El impacto dañó, como mínimo, el alerón delantero y los dos neumáticos delanteros. El Ferrari rebotó, dejó trozos en la escapatoria y, contra todo pronóstico, volvió a ponerse en marcha.
Desde el muro, la voz de Carlo Santi sonó primero con urgencia, luego con un punto de fastidio: “Para en el lugar más seguro posible”. El ingeniero ya sabía lo que venía. La telemetría no engaña. “Tenemos un pinchazo en el delantero derecho. Para el coche”, insistió, esta vez sin rodeos.
Hamilton, que lo veía claro desde el cockpit, respondió seco: “Lo puedo ver, lo puedo ver”. Pero incluso con el neumático destrozado y el morro tocado, el británico todavía tenía por delante una vuelta completa con un Ferrari renqueante, cojeando por el circuito.
Hasta ese momento, la sesión pintaba de rojo intenso. Los Ferrari habían salido con neumáticos blandos, sin intención de esconder nada. Atacaban desde el primer giro. Hamilton marcó su primera vuelta cronometrada del día en 1m34.284s, a menos de medio segundo de su mejor registro del viernes. Ritmo serio, competitivo, una señal de que el coche y el piloto estaban conectando.
Detrás, Charles Leclerc se quedaba a 0.149s, acechando, pegado al tiempo de su compañero, confirmando que el garaje de Maranello tenía velocidad de sobra para pelear en la parte alta de la tabla.
Y entonces llegó el bloqueo, la barrera, el pinchazo y la bronca por radio. Un giro brusco en una sesión que Hamilton estaba usando para afinar sensaciones y que Ferrari aprovechaba para medir fuerzas reales.
El coche rojo volvió a boxes herido y lento, pero con un mensaje claro: cuando Hamilton decide no levantar el pie, el margen entre la vuelta perfecta y el error se reduce a la mínima expresión. Y en ese filo, Ferrari se juega buena parte de su temporada.




